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Un Evangelio exigente

La vida es misión: reflexiones de Fr. Francisco L. de Faragó, OP

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Dice el evangelio de Juan 13, 3-5: “sabiendo que el padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que se había ceñido.”

Luego continúa el Evangelio diciendo que cuando hubo acabado de lavar los pies, “tomó sus vestidos y volvió a la mesa”. Pero fijémonos bien: el Evangelio no dice que se desciñera la toalla; sino que inicia la cena, suponemos que también la oración en el huerto, con la toalla ceñida, que es el símbolo del servidor, del esclavo y que conservará ahí hasta la muerte en la Cruz, en actitud y acción de servicio por todos los hombres.

He querido recordar esta idea de quien fue mi maestro de los textos del apóstol Juan, Fray José Luis Espinel Marcos, porque nos puede servir para interpretar de una forma mucho más comprometida el Evangelio del pasado domingo XIII del tiempo ordinario del ciclo B. En efecto, cuándo leemos la curación de la hemorroísa, o la resurrección de la hija de Jairo, nos hacemos conscientes de que Jesús es el dador de la Vida, que nos la entrega siempre si está unida a la fe; y recurrimos a él para pedir la vida. Y así hacemos y esperamos…

¿Qué es lo que pasa? ¿Tan pequeña es nuestra fe? ¿Es Vida o vida lo que pedimos? No, no se trata de eso, no es que no creamos en la oración de petición. Se trata de que estamos hablando de la unión de la Fe y la Vida, las dos con mayúscula, y ambas suponen la comunión con Cristo Resucitado: una común-unión, de modo que la Vida de Cristo por la fe se haga vida en nosotros que creemos en él:

Que la Vida de Cristo se haga Vida en nosotros supone por nuestra parte asumir los intereses, la voluntad y la actitud perpetua de servicio de Cristo. Solo de esta forma hay comunión con Cristo resucitado, solo así hay comunión, solo así hay eucaristía.

Si leemos ahora nuevamente el Evangelio de la hemorroísa o la resurrección de la hija de Jairo, ¿no será qué lo que nos pide el Evangelio es que curemos nosotros a las hemorroísas de nuestro mundo, o, despertemos a tantas hijas de Jairo que siguen dormidas?

Por ello, cuando vayas a la misión, esto es siempre porque la vida es misión, y te dispongas a hacer, hagas tu evaluación diaria, piensa en las hemorroísas que te apretujan buscando vida y pregúntate: “¿Quién me ha tocado?”.

Fray Francisco L. de Faragó, OP