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NOTICIAS DE SELVAS AMAZÓNICAS

¿Qué está pasando en Selvas Amazónicas?

La Misión I

En busca de una descripción de la Misión, por Fr. Francisco L. de Faragó, OP

Paco Faragó en Misión

Esta primera publicación forma parte de una serie de tres artículos escritos por nuestro director Fr. Francisco L. de Faragó, OP antes de fallecer. En ellos reflexiona y profundiza en torno a La Misión; dejándonos sus enseñanzas y su legado para continuar su gran labor al servicio del Evangelio, de los pueblos originarios y las personas empobrecidas; para vivir la vida en misión.

 

 

Selvas Amazónicas es la entidad misionera de la Provincia de Hispania de la Orden de Predicadores, y por ello hablamos y escribimos sobre las misiones; comentamos las alegrías y dificultades de nuestros puestos de misión; recaudamos fondos para ayudar a la financiación de la labor de los misioneros; atendemos a las necesidades de los religiosos; y en general nos ocupamos de atender cualquier necesidad que exista en cualquier puesto de misión.

Perú Indígenas NiñosLas palabras misión, misionero, puesto de misión, están continuamente en nuestra boca, ya en el párrafo anterior: cinco veces; pero que pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre la misión, concepto que habitualmente aplicamos a las mediaciones de la misión, pasando por encima de lo fundamental, y así hablamos de la misión de Kirigueti; o con esa misma palabra nos detenemos a un trabajo concreto a realizar y hablamos de la misión de la educación.  Por eso, porque no lo hacemos nunca, me parece bueno que nos detengamos a pensar qué significa Misión, así ella sola y con mayúscula.

Etimológicamente misión viene del latín del verbo mitto, missis, mittere, missi, missum que significa enviar. Sí, evidentemente somos enviados. ¿Enviados a qué?, pues a realizar una misión, un cometido. ¿Cuál?

Pues eso, quisiera aclarar en estas breves notas todo lo que encierra ese cometido, de manera que cuando colaboramos, oramos, o ayudamos a las misiones, sepamos por qué se llena nuestro corazón de gozo al aplicar tan pequeño empuje a tan grandiosa tarea.

A partir de la segunda mitad del pasado siglo la misión ha sido considerada como un elemento constitutivo de la comprensión de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, con la constitución dogmática “Lumen Gentium”, la pastoral “Gaudium et Spes”, el decreto “Ad Gentes” y la posterior exhortación “Evangelii Nuntiandi” presentan ese modelo eclesiológico fundamentado en la comunión y en la misión. Parece pues conveniente buscar una visión sistemática de la misión, al objeto de evitar esas formas, podríamos llamar reductivas, que reducen la misión a sus mediaciones como la mera actividad apostólica y o cualesquiera de sus obras.

Escribió el Papa Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Misiones de 2019: “La Iglesia está en misión en el mundo: la fe en Jesucristo nos da la dimensión justa de todas las cosas haciéndonos ver el mundo con los ojos y el corazón de Dios; la esperanza nos abre a los horizontes eternos de la vida divina de la que participamos verdaderamente; la caridad, que pregustamos en los sacramentos y en el amor fraterno, nos conduce hasta los confines de la tierra”. Quiero quedarme con la frase ver el mundo con los ojos y el corazón de Dios” porque esta frase encierra una de las raíces de la misión: el plan de Dios creador.

Dios creó a todos y cada uno de los miembros de la humanidad a su imagen y semejanza para que viviera en constante y profunda comunión con Él. Su plan era que los hombres formasen una gran familia en el amor y que fueran los señores de la creación. Pero el pecado del hombre rompió toda comunión: con Dios, consigo mismo y con toda la creación.

Niño con su padre PerúLa situación es análoga a la de un niño pequeño que desobedece a su padre empeñado en su educación. El niño llora, y en su rabieta parece que quisiera romper todas las cosas, ni por asomo se acerca a su padre, y aunque el no se dé cuenta todavía, no está satisfecho de si mismo.

Pues bien igual que el padre no desiste de la educación de su hijo, sino que perdona, consuela y le dice que le quiere y que sea bueno y obediente; el Padre Dios no desiste, sino que subsiste por siempre en su plan de formar la gran familia del amor y de comunión plena con la creación, como nos revela el Génesis al anunciar el triunfo final condenando a la serpiente: “enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Gén 3,15) y prometiendo la bendición a todas las naciones en nuestro padre Abraham: “bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra”. (Gén 12,3).

Siguiendo con el ejemplo del niño, este crece y entra con el ánimo de hacerse presente en la pre-adolescencia y adolescencia, época en que los disgustos que dan los niños se transforman en preocupaciones por los adolescentes: el padre intenta hablar con el, los formadores y maestros también, pero tras el afán de afirmarse surgen serios problemas. Pues igual pasa con los descendientes de Abraham, el pueblo de Israel que rezaba con el salmo: “¡Que Dios tenga piedad y nos bendiga, que nos muestre su rostro radiante!; conozca así la tierra sus caminos, y todas las naciones su salvación” (Sal 67,2-3) y que actuará al margen de su oración y tendrá que escuchar la voz de los profetas enviados por el Padre para que les recordasen constantemente esta misión. El pueblo olvidaba los compromisos de su elección mientras crecía su autosuficiencia y el desprecio y enemistad hacia los otros pueblos, contradiciendo el plan de Dios. Es curioso que la historia del pueblo de Israel, que se definía a sí mismo como el pueblo escogido por Dios, sea una constante contradicción, oponiéndose a su plan: no lo quiere como rey, sino que quiere ser como los otros pueblos.

Pero Dios no abandonó su proyecto, sino que llegó el Enviado del Padre, Jesús, para llevar el proyecto a su plenitud, abriendo un nuevo eón: el de la plenitud de los tiempos. La misión de Jesús la explicitará sin saberlo Caifás, cuando tras la resurrección de Lázaro “profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no solo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos”. (Jn 11,52).

Si la actitud del pueblo israelita lo caracterizamos como la de un adolescente, la actitud de Jesús, la podemos caracterizar como la del hombre maduro y responsable. Jesús inicia su misión eligiendo a los “Doce”, símbolo de las doce tribus de Israel. Compartió su vida con ellos y los implicó en su misión enviándolos a anunciar el Reino. Ciertamente Jesús se limitó a Israel, y no fue a otras las naciones porque pensaba que convertido Israel al plan de Dios, sería quien convocara a todas las naciones. Pero, sin embargo, Jesús se manifestó contrario al sentimiento nacionalista común en el pueblo israelita: Jesús rechazó las palabras de condenación, odio y venganza hacia los otros pueblos, es más, atendió a los extranjeros que se acercaron a él.

El plan de Dios Creador se hacia presente con las palabras y la actuación de Jesús: su predilección y solicitud para con los más desfavorecidos; el ofrecimiento del Reino a la entera humanidad y el perdón de Dios a todos los pecadores. En esta plenitud triunfante, los pobres y los pecadores además de recibidos son los predilectos y por tanto son también los privilegiados del Reino.

Jesús fue rechazado por la mayoría del pueblo de Israel, pero no se arredró, sino que se mostró dispuesto a morir por él; así en la última cena lo proclamó: “Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos” (Mc 14,24). Jesús murió en favor de la instauración del Reino en todos los pueblos.

Si en la Pascua descubrimos la plenitud del Amor, también la muerte y resurrección de Jesús, nos descubre que al Reino de Dios estaba ligado a Él, al Hijo de Dios que lo predicó, pero también al Espíritu Santo, porque “el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26).

Mujeres Coro Malabo EucaristíaTras la Pascua la presencia del Espíritu hizo resurgir también la comunidad: comprendió que habían llegado los últimos tiempos, que era la comunidad mesiánica portadora del Espíritu, y que estaba urgida a misionar a Israel ofreciéndole la conversión al Evangelio, integrándolo en el nuevo Pueblo de Dios a través del bautismo del agua y del Espíritu. Poco más tarde, con el retraso de la Parusía, que creían próxima, fue abriendo su acción misionera a los otros pueblos. La Iglesia apostólica se sentía misionera, y cada miembro conforme a su carisma y ministerio tenía una tarea que realizar: unos anunciarán el Evangelio donde no es conocido; otros atenderán a las comunidades ya existentes, haciendo crecer la vida cristiana en todos los creyentes; mientras que otros más, como Pablo de Tarso, realizarán las dos tareas, el anuncio y la “preocupación por todas las iglesias” tal como acredita el mismo en sus cartas.

Pienso que estamos ya en condiciones de dar una descripción de la misión como: continuación de la misión de Jesús y de la Iglesia apostólica, anunciando e instaurando el Reino de Dios, mediante la proclamación y enseñanza del Evangelio y testimonio de vida a todos los hombres, a todas las comunidades y a todas las culturas para que todos acojan la gracia de Dios por medio de la fe, y entren así en comunión con Él y con todos los hermanos.

Fr. Francisco L. de Faragó Palou, OP

Nota del autor: Esta breve catequesis en sus tres artículos está basada en la palabra MISIÓN del Diccionario Teológico de la Vida Consagrada. Publicaciones Claretianas – 1992 2ª edición por José Cristo Rey García de Paredes.