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Cuando la luz hizo escala en Malabo: Epifanía dominicana con el Maestro de la Orden

Crónica entrañable y luminosa de la visita canónica de fray Gerard Timoner a Guinea Ecuatorial (3–6 de enero)

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La visita canónica del Maestro de la Orden a Malabo (3–6 de enero) dejó huellas de luz, fraternidad y esperanza en la comunidad de los frailes predicadores y en el pueblo fiel. A continuación, compartimos la crónica de Fr. Roberto Okón Pocó, superior de la comunidad, que narra con cercanía y detalle los encuentros, celebraciones y gestos que marcaron estos días.

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Crónica de fray Roberto Okón Pocó, O.P.

Del 3 al 6 de enero, Malabo vivió algo más que un cambio de calendario: vivió una epifanía dominicana. Porque no todos los días aterriza en Guinea Ecuatorial el 87.º Sucesor de Santo Domingo, el maestro de la Orden de Predicadores, fray Gerard Timoner, y cuando eso sucede, la ciudad se pone de puntillas… y el corazón también.

La historia comenzó, como deben comenzar las buenas historias, en el aeropuerto internacional de Malabo. Allí, con el equipaje justo y la sonrisa preparada, llegaron fray Gerard Timoner y sus acompañantes, fray Pavel y fray Roger. Los esperaba fray Roberto Okón Pocó, superior de la comunidad dominicana, con ese arte africano de acoger que no figura en los manuales, pero se aprende en la vida. No hubo banda de música —aunque no habría venido mal—, pero sí abrazos sinceros y esa sensación inmediata de que el visitante no era extraño, sino hermano.

Desde el aeropuerto, el itinerario fue directo al corazón de la presencia dominicana: la casa de San Martín de Porres y la parroquia de Santa Maravillas de Jesús. Tras enseñar las instalaciones —cada rincón con su historia, cada pared con su esperanza—, la comitiva fue conducida a la parroquia de Santa Beatriz. Almuerzo reparador, breve descanso (porque la misión no admite siestas largas) y, enseguida, el primer gran encuentro con la familia parroquial de Santa Maravillas y Santa Beatriz, reunida en el templo como quien espera algo grande… y lo recibe.

La eucaristía, presidida por el maestro de la Orden, fue uno de esos momentos que se recuerdan con la piel. En su homilía, fray Gerard subrayó la importancia de la luz, tan propia del tiempo de epifanía. Con fino humor confesó que una de las primeras expresiones que aprendió en español fue “dar a luz”. Y desde ahí iluminó a todos: Cristo es la luz que nos alumbra. La cristología —dijo— pregunta quién es Cristo; pero la eclesiología y la pastoral formulan otra pregunta decisiva: ¿dónde está Cristo? Y es precisamente allí donde debemos ir, a buscarlo entre quienes aún no lo conocen. Hubo silencio, asentimientos, y ese murmullo interior que solo nace cuando la Palabra toca hondo.

La celebración estuvo bellamente animada por el coro Los Ángeles, con la participación de asociaciones, grupos y fieles. Tras la misa, llegó uno de los momentos más evangélicos y más guineanos: la presentación de los colectivos parroquiales y el ágape fraterno, donde cada uno compartió lo que traía. Pan, platos, risas, conversaciones cruzadas… y un Maestro que escuchaba, preguntaba y se dejaba querer. Fue un momento sencillo y profundamente humano, de esos que no salen en las fotos oficiales, pero quedan grabados en el alma.

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El domingo, la iglesia volvió a llenarse con una feligresía numerosa y expectante. Más tarde, fray Gerard mantuvo un encuentro de cortesía con el obispo emérito, Mons. Ildefonso Obama, para agradecerle el apoyo decisivo a la presencia e instalación de la Orden en Malabo. Fue un gesto de gratitud sincera y memoria agradecida. Después llegó uno de los momentos más íntimos de la visita: la reunión con la comunidad dominicana, compuesta por los frailes Roberto Okón Pocó, Molongua, Salvador Nguema y Salvador Becaba. El maestro animó a vivir con fidelidad los cuatro pilares de la Orden: oración, comunidad, predicación y estudio. No habló de comunidades perfectas, sino de comunidades en camino, que se escuchan, se acompañan y se cuidan. Fue una reunión entrañable, libre y fraterna, donde cada hermano pudo expresarse con confianza. Porque la perfección no consiste en no fallar, sino en caminar juntos.

La tarde continuó con entrevistas personales y concluyó, como manda la buena pastoral dominicana, en un restaurante junto al mar, con las degustaciones propias de Guinea Ecuatorial. Porque también alrededor de una mesa se construye comunión… y se predica sin palabras.

El día siguiente fue jornada de descubrimiento y asombro: la catedral de Malabo, la plaza de la Independencia, la Facultad de Humanidades, el Campus Central de la UNGE, el paseo marítimo, el parque nacional, el nuevo campus de Basupu. El Maestro no ocultó su sorpresa: confesó que nunca se había quedado tan impresionado por una ciudad bonita africana como Malabo, desde el mismo momento de su llegada al aeropuerto. Sus impresiones crecieron aún más al visitar los enclaves de futuras construcciones de la Orden, vislumbrando una presencia dominicana con la misma visión y proyección que en Angola.

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El almuerzo en casa del catequista mayor, Joroboam Tojaka, junto a su esposa Ana Raquel Ekobo, su familia y de acompañante una voluntaria jovencita, María, fue otro de esos regalos que no se olvidan. Entre platos generosos y hospitalidad desbordante, la familia recibió la bendición del Sucesor de Santo Domingo, bendición sembrada como promesa para el futuro.

Por la tarde, el maestro y su equipo se reunieron con los aspirantes, alentando sueños y vocaciones. La foto oficial frente a la fachada del templo, la reunión conclusiva con los frailes en la casa de San Martín de Porres, el rezo de vísperas y una cena de despedida en un gran restaurante de la ciudad pusieron el broche de oro a una visita canónica memorable y profundamente fraterna.

Todo esto ocurrió en la víspera de la solemnidad de los Reyes Magos. Mientras aquellos sabios buscaban el camino hacia Belén, los miembros de la Curia vinieron a Malabo a recordarnos el camino que conduce a las fuentes y raíces de Santo Domingo. Tras el desayuno en la mañana del día 6, y la misa en Santa Beatriz, el maestro de la Orden y sus acompañantes emprendieron camino hacia otro país. Se fueron, sí, pero dejaron luz, ánimo y esperanza. Así se cerró una visita inolvidable del 87.º Sucesor de Santo Domingo a estas tierras ecuatoguineanas. Y Malabo, agradecida, sigue con la luz encendida… por si vuelve a pasar Santo Domingo dentro de cinco años, cuando esté construido el convento.

Fray Roberto Okón Pocó, O.P.
Superior

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